sábado, 26 de abril de 2014

Piano piano, si arriva lontano

Y sí, de a poco, a algún lado voy a llegar. A veces me pregunto porqué demoré tanto tiempo en decidir emprender este viaje. Porqué me llevó tanto darme cuenta de que me había convertido en un ballenato, evidentemente, estuve cómodamente mirando las cosas pasar sin hacer nada. Evidentemente, recibirme fue difícil, porque era yo la que decía que no quería llegar al final de mi etapa como estudiante, a pesar de verbalizarlo todo el tiempo. Me quiero recibir, me quiero recibir, y no me recibía nunca. Dos materias, difíciles, pero no imposibles, y nunca las rendía. Hoy esa excusa no existe mas, y por eso quizá tenga tiempo de dedicarme a cuidar la casa de todas esas cosas que quiero hacer, este cuerpo que nació con 3,5 kg, no puede decirse que fui un bebe obeso, para nada, normal y sanita. El problema evidentemente vino después, con hábitos malos desde casa, con familia italiana de esas que te dicen "mangia, mangia che ti fa benne", y por ahí, de tanto mangiar, fui una nena rellenita, en el colegio ya me cargaban, pero no me importaba, tenía carisma y unas notas hermosas. Llegando a los doce años estaba hecha un fideo, mi madre, quizá sin saber, porque la información no era tan masiva, me llevó de un homeópata que me daba unas pastillas mágicas, son todas hierbas, señora, le decía. Cuestión que en pocos meses, era finita, y pálida. Finita, pálida y nerviosa, evidentemente, el gran doctor me estaba dando anfetaminas. ¡¡¡¡A los doce años!!!!! En algún momento, mamá se dio cuenta de que no era normal lo que pasaba y abandonamos (ella hacía el mismo tratamiento, la ecuación es simple, madre obesa, hija obesa). Y ahí se pudrió todo: como si me hubiesen conectado una bomba de aire, empecé a inflarme como un globo sin parar. El peor momento fueron mis 15 años. Directamente, no tenía cuello, era un mastodonte. Veo las fotos y tengo ganas de llorar. Por suerte, Dios me iluminó, y decidí que no quería fiesta. No fue por la gordura no querer festejar, a los trece le había dicho a mi papá que nunca más volvería a usar un vestido blanco, que no quería fiesta de 15 y menos casamiento. Un horror de hija, pero soy así, y tantos años después sigo pensando lo mismo. La adolescencia fue difícil en estas condiciones, ya lo imaginarán, una gorda no puede enamorarse, no puede ponerse los pantaloncitos ni las remeritas que usan sus amigas, no puede casi nada. Y como era de esperar, en algún momento de todos esos años, me volví loca loca por dejar de ser tremendo pedazo de persona. Hubo épocas mejores que otras, tiempos en los que casi no comía, tiempos donde comía y mucho, y la locura de hacer gimnasia a toda hora para adelgazar. Funcionó, por supuesto, y desde los 18 a los 23, estuve bien, muy bien. Después de todos esos años geniales en cuanto al cuerpo, vino la mala. Otra vez, pasito a pasito, empezaron a volver los kilos. Con otro cuerpo, no como a los 15, porque el cuerpo de una mujer cambia, y agradezco haber hecho tanta gimnasia en algún momento, porque evidentemente sirvió para algo, para no ser un completo ropero y conservar, a pesar de los kilos, las proporciones de un cuerpo "normal" pero más grande.
Vamos a ver si la memoria que dicen que el cuerpo tiene, funciona también a la inversa. Vamos a ver si este cuerpo loquito, se acuerda de los 18, o de cuando recién se asomó al mundo, tranquilita y rozagante, sin saber que le deparaba el destino.